
Cuando me besó, lo besé, y él me besó, y yo lo besé, y me besó, y lo besé, y el mundo se hizo lÃquido, caliente, pequeño, tenÃa la piel áspera, la lengua dulce, todo era áspero y dulce y cabÃa en la frontera simétrica de nuestros labios pegados, que se despegaban a veces, y se volvÃan a pegar para encontrar otro sabor que era fresco y a la vez ardÃa, y yo nunca habÃa besado a nadie asÃ, nunca habÃa sentido esa necesidad implacable de besar, y de besar más, de seguir besando, como si me jugara la vida al borde de la boca, como si más allá del cuerpo que me abrazaba no existiera nada, como si los brazos que me estrechaban me protegieran de un vacÃo negro y compacto que codiciaba la fuerza de mis propios brazos.

